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  • Seguros limitados

    Juan Pablo siempre fue una persona segura de sí misma, a partir del primer paso nunca se tambaleo ni se cayó. En la escuela nunca dudaba en sus respuestas, ganándose el puesto de abanderado. Así era él, lo mismo cuando aprendió a andar en bicicleta, desde el primer pedaleo jamás dejo de andar. Su preferida era una bicicleta roja de semicarrera, con la cual hizo sus primeros paseos lejos de su casa y de la que nunca se separó. Si se sumaran los kilómetros que recorrieron juntos, el resultado sería el equivalente a media circunferencia terrestre.
    Ya de joven, trabajaba en una empresa de repartos y siempre se levantaba temprano en la madrugada, salía por la misma calle que conocía palmo a palmo hasta llegar a la Diagonal que lo guiaba hasta el centro en subida y al regresar, la cuesta empinada le daba la velocidad que tanto les gustaba a ambos, doblando a la derecha sin disminuirla y estar rápidamente en casa.
    Sus planes consistían en terminar sus estudios, trabajar y luego casarse con la novia de toda su vida, sabía cuantos hijos tendría y que automóvil se compraría para irse todos juntos en verano a vacacionar. Tan así de seguro estaba.
    Una madrugada, siguiendo el ritual de siempre, salió a su trabajo pero cuando llegó le dijeron que tenia que volver mas tarde, ya que el encargado había olvidado las llaves del local.
    Contento, se subió a su bicicleta, seguro de darle una sorpresa a su familia. Bajando por la Diagonal, a la velocidad que tanto le gustaba, dobló como siempre a la derecha, cuando de repente colisionó con otro ciclista que venía en sentido contrario. Voló un par de metros y se golpeó contra el asfalto. Si bien el golpe no fue tan duro, se hizo un corte en la frente que lo marcó con una cicatriz permanente.
    Súbitamente se puso de pie y se tapó la herida con un pañuelo, observando que el otro ciclista hacía lo mismo hasta el último de sus movimientos.
    - ¿Estás bien? – se preguntaron a la vez. Desde la penumbra Juan Pablo vio que la otra persona era igual a él. Ambos corrieron asustados a tomar su bicicleta que se hallaban tiradas juntas en el medio de la calle, para tomar rumbos contrarios.
    Mas tarde, en su casa, después de haberse curado, llamó a su trabajo para avisar que no podía ir porque el accidente le provocó un fuerte dolor en su gran cabeza. Desde el otro lado de la línea le respondieron que se dejara de bromear fuera quien fuera el que llamaba, ya que Juan Pablo había salido con el camión a hacer los repartos.
    Tan atónito quedó que no pudo salir de su casa en todo el día; para colmo, comprobó
    que la bicicleta roja no era “su” bicicleta, era igual pero tenía detalles que la hacían levemente diferente, raspones viejos y una calcomanía de un negocio que no conocía. Hizo lo imposible hasta comprobar que no estaba soñando. Salió a buscar al negocio desconocido y al llegar el propietario lo saludó afectuosamente como un viejo conocido. Se decidió a hacer lo contrario y fue a buscar los negocios conocidos, pero no los encontró, en lugar de la bicicletería de siempre, existía una panadería donde el propietario, que no lo reconoció, lo amenazo incluso con llamar a la policía. Salió huyendo en la bici que se negaba a responderle como siempre lo hacía.
    Al llegar a su casa, su familia continuamente le recordaba cosas que tenía que hacer de las que él no tenía ni la más mínima idea. Para colmo de males, su novia de toda la vida, ya no lo era, es mas, nunca lo fue. Enloquecido busco el álbum familiar y encontró fotos de sus primeras caídas en bicicleta, fotos de la escuela en la que él no era abanderado. Lo único que tenía en mente, entonces, era encontrarse con él mismo y reestablecer el orden del cual estaba acostumbrado. Iba mas tarde al trabajo y esto casi le costó su puesto.
    De a poco rearmó su vida, pero ya no con la seguridad que tanto lo caracterizaba. Comenzó una nueva relación, terminó otra carrera de la que había comenzado, se compró un auto cualquiera, archivó con cadena y candado la bicicleta roja en un galpón y consiguió trabajo en una compañía de seguros.
    Hoy en día, cuando por las tardes vuelve a su casa, siempre mira hacia todos lados en busca del otro Juan Pablo, pero con temor de que al encontrarse, no sea el que lo choco. Por supuesto que en su trabajo, aseguró su casa contra todo riesgo, su auto contra terceros, firmó un seguro de desempleo, pero lamentablemente, en la compañía no existen los seguros contra sí mismo.

  • Silencios

    El avión salía en una hora. Una hora de silencio entre nosotros dos. Hubieron otros silencios antes, no como el de ahora que se aproximaba a su fin casi infinito.
    Los dos nos encontrábamos en las antípodas de cada uno, ahí donde la razón siempre vence al deseo; jamás un abrazo, ni un apretón de manos de más, simplemente la justa medida. En donde estaba mi pasión se encontraba su razonamiento y viceversa. Todavía no sé que era lo que nos unía y lograba que nuestros corazones se hincharan de afecto ante la mirada del otro.
    Su mirada siempre se encendía ante la injusticia y en su sangre navegaban incansablemente las semillas de “revolución o muerte”. Y yo, como contrapartida, pienso que la revolución no siempre va seguida de muerte, que los cambios deben ser paso a paso, que el hambre no se mata con un fusil en la mano, si no alejando por vía de la paz a los que nos conducen.
    Toda en su persona quería ser como el Che, su forma de vestir, sus gestos y las mas mínimas de las trivialidades diarias; yo, tal vez mas consumista en la forma de ser, comprendí en sus modos la forma de buscar justicia.
    Tal vez fuéramos el Yin y el Yan y nos estuviéramos buscando toda la vida. Creo que nuestro encuentro no fue casual y que Hades en su capricho, nos junto para que nos complementáramos. Para que en las tardes que pasábamos sentados en la plaza tratáramos de conciliar nuestros sueños con la fría realidad que se da desde la perspectiva del ocaso, cuando la hora de penumbra cambia las formas de las cosas.
    Habría una razón para que nos sentáramos en esa plaza; siempre separados, hasta que la Providencia quiso que una tarde de bancos ocupados nos sentáramos uno junto al otro en el único que se hallaba vacío, cada cual sumergido en un libro intentando aprende sobre todas las cosas.
    Su libro sé cayo sobre mí, lo sostuve un breve instante para devolvérselo y pude la ver entre paginas amarillentas y gastadas, la foto de un hombre con una boina con una estrella. Se lo devolví mientras me hundía nuevamente en la filosofía kantiana.
    Sinceramente no me acuerdo cómo y de que charlamos luego, pero fue en ese instante que nuestros destinos comenzaron a unirse y con cada tarde, nuestras charlas se hacían mas largas, como así nuestros silencios. Silencios que eran precedidos por largos debates y que nos hacían salir de nuestras esferas y llegar al éxtasis de entenderse sin palabras. Hasta que un día entendimos que uno debía partir en busca de una distancia ineludible.
    Mi corazón se quebró pero no podía demostrarlo, así que el día de la partida, estábamos ahí, callados diciéndonos con los ojos lo que los labios no podían expresar, soportando las ganas de darnos un abrazo, pero negándonos para después no extrañar tanto. Sabiendo que tal vez no habría regreso y si lo hubiera, ya no habría tardes en la plaza.
    Cuando subía por la escalera eléctrica, saco de su mochila una remera con la estampa del ratón Mickey y sonrió y yo desde abajo levantando un brazo le grité “ Hasta la victoria siempre”.-

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